#Poesía | Héctor Viel Temperley

EL NADADOR

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.

Soy el hombre que quiere ser aguada

para beber tus lluvias

con la piel de su pecho.

Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo

para tus lluvias mansas,

para tus fuertes lluvias,

para todas tus aguas.

Las aguas como lonjas de una piel infinita,

las aguas libres y la de los lagos,

que no son más que cielos arrastrados

por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.

Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas

aguas de los arroyos

se sostiene vibrante,

como en medio del aire.

Mi cuerpo que se hunde

en transparentes ríos

y va soltando en ellos

su aliento, lentamente,

dándoselo a aspirar

a la corriente.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada

hasta las lluvias

de su infancia,

que a las tardes crecían

entre sus piernas salpicadas

como alto y limpio pajonal que aislaba

las casonas

y desde sus paredes

celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, el hombre que nada

por la memoria de las aguas

hasta donde su pecho

recuerda las pisadas,

como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo

rodaba hasta los ríos como un viento

y hacía el agua tan azul que el hombre

entraba en ella y respiraba.

Soy el hombre que nada hasta los cielos

con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.

Gracias doy a tus aguas porque en ellas

mis brazos todavía

hacen ruido de alas.

 

 

BAJO LAS ESTRELLAS DEL INVIERNO

La liebre que una vez que yo miraba

atardecer –volaban los chimangos!–

salió del sol y se sentó a mirarme

El pájaro que una mañana

se posó exactamente sobre mi corazón

a una hora en que su cuerpo todavía

calentaba la piel más que el sol

El pene entre mis dedos de ese enfermo

al que ayudé a orinar mientras marchábamos

lentamente una noche a un hospital

cruzando playas de estacionamiento

La perra que buscaba a mi pene en la sombra

cada vez que salía para orinar desnudo

mirando las estrellas del invierno

antes de regresar corriendo hasta el colchón

iluminado por el fuego que ardía toda la noche

en los troncos que hachaba con mi hacha todo el día

La mujer que pedía serenamente auxilio

agitando los brazos y volviendo a nadar

en las primeras horas de una tarde pesada

en que yo con el pan en el estómago

no encontraba a otro hombre en las orillas

Y todos los metros que nadé por el mar

sin ver jamás a la terrible aleta

Y mi alegría de noche en las ramas de un árbol

oyendo tangos en mi adolescencia

Y mis siestas sentado junto al cajón de un muerto

descansando en la digna frescura de una bóveda

del verano porteño que nos había humillado

Hablo de todas las horas y de todos los días

y de todas las estaciones y de todos los años

Pero la liebre que una vez que estaba solo

se ubicó exactamente entre el sol y mis ojos

guardando exactamente la distancia

que guarda un ángel que visita a un hombre…

Y el pájaro que un día

se posó exactamente sobre mi corazón

lo que es igual a recibir de un golpe

el propio corazón en el lugar exacto

el único lugar del universo

donde es una victoria recibirlo…

Y la perra que se acercaba agitando la cola

cada vez que volvíamos a encontrarnos desnudos

y solos bajo el cielo del oeste…

En fin…

Brillan los miles de ojos que me miran

Brillan las estrellas del oeste en invierno

Sobre la borda del colchón iluminada por las llamas

me siento arreglo el fuego

leo diarios viejos mientras mi sombra crece

Son las tres de la tarde en el reloj

que después del almuerzo se detiene

La noche es larga

Toda la noche sopla el viento

Mi muslo brilla con la saliva de la perra

o entre las piernas de una mujer de buen carácter

desnuda alegre dormida satisfecha

Vuelvo a despertarme cuando quiero

Vuelvo a salir al frío y a orinar nuevamente

porque estas noches bebo mucha agua

El fuego hace sudar al que lo cuida

En fin…

Hice orinar a un hombre

Salvé del mar a una mujer lejana

Y sé que puedo recordar algunos otros

actos de más amor de más coraje

En fin…

Pienso en todas las horas pienso en todos los días

pienso en todos los años sin encontrar mi imagen

Pero una liebre un pájaro una perra

me miraron a los ojos al corazón al sexo

como creo que sólo me miró también el mar

una madrugada de verano en que vagaba

con una pistola en el puño sin tener donde afeitarme

(de Legión Extranjera, Torres Agüero Editor, 1978)

 

 

HÉCTOR VIEL TEMPERLEY: nació el año de 1933 en Buenos Aires, Argentina, dentro de una familia de ascendencia inglesa. Ejerció de publicista durante algún tiempo, empero la labor de escritor lo envolvió por completo. Publicó nueve volúmenes de poesía: Poemas con caballos (1956), El nadador (1967), Humanae Vitae mía (1969), Plaza Batallón 40 (1971), entre otros.


Portada: Jakob Rubner

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