#Reseña | Los elefantes saben olvidar, de Cristian Vázquez

Por Franco Chiaravalloti

 

Título: Los elefantes saben olvidar

Autor: Cristian Vázquez

Editorial: Baltasara Editora

Año: 2020

156 páginas

La naturaleza es tan inconmensurable, decía Kant, que excede a la comprensión humana, y esta incapacidad no nos causa sosiego sino miedo, porque advertimos que jamás llegaremos a entender el mundo en que vivimos.
Es así como experimentamos lo sublime, según el filósofo alemán, una emoción que puede embargarnos al contemplar una estrella fugaz en medio de la unánime noche, o también en situaciones bastante más prosaicas, ya sea si estamos en la cola de un vuelo de Ryanair o mientras vemos un documental sobre animales a las tres de la madrugada, atacados de insomnio.

A merced de estas epifanías están los personajes de los ocho cuentos que conforman Los elefantes saben olvidar (Baltasara Editora, 2020), quinto libro del escritor y periodista Cristian Vázquez. La vida puede ser rabiosamente cotidiana hasta que, de repente, un detalle, una palabra, un recuerdo o la conexión de dos viejas ideas resquebraja el día y provoca un brevísimo y aterrador momento de iluminación.

De entrada, Vázquez establece toda una declaración de intenciones al citar un fragmento del célebre cuento de Ernest Hemingway “Colinas como elefantes blancos”. La metáfora del elefante con la que el escritor estadounidense simboliza el lastre vital que debe arrastrar la protagonista de aquel relato de 1927, en los cuentos de Vázquez cobra forma, por ejemplo, de viejas fotografías de familia, de ovillo de lana, de revista deportiva, de latas vacías de cervezas o, incluso, de los regates del mejor futbolista del mundo. Estos elefantes sugieren con sutileza y hondura la carga que los personajes llevan sobre sus espaldas sin apenas ser conscientes de ello.
Y así es como aflora lo sublime en la cotidianidad: nos agarra de las solapas con violencia, sin dejarnos reaccionar.

Como Hemingway, varios de los cuentos se caracterizan por narrarse con una voz objetiva, precisa, escasa en florituras y atenta a los mínimos detalles, un estilo que nos trae ecos de otros maestros de la cuentística norteamericana como Salinger o Cheever. La voz es distante y certera cuando se narra en tercera persona, pero se vuelve chispeante y cálida si quien relata los hechos es el protagonista de la historia, tal como ocurre en los cuentos “Standsted”, “Marcarlo a Maradona” —con un tono que nos recuerda a Fontanarrosa— o “El mapa de un lugar que no existe” —donde se emplea el borgiano recurso del cronista testigo—.

En algunos cuentos, el miedo y el vértigo que acarrea la imposibilidad de comprender el mundo está reflejado a partir de la mirada del inmigrante. Es que el inmigrante suele mantener viva la capacidad de sorprenderse: para lo que el local resulta cotidiano, para el que llega a una nueva tierra es el constante hallazgo de un tesoro. El paria pierde raíces pero gana en asombro, porque aún puede verlo todo por primera vez, una y otra vez, o, como decía Martín Caparrós, aún es capaz de mantener la larga distancia.

Así, en “Cuando pasa el tren” el emigrado que regresa a casa sólo de visita siente con desazón la falta de sintonía con la tierra que lo vio nacer; o en el cuento “Los elefantes saben olvidar” los inmigrantes, tras haber decidido regresar para siempre al país de origen, saborean la amargura de la incertidumbre. Pero el miedo o el vértigo no sólo surgen debido a las distancias geográficas sino también a las distancias temporales, tal como reflejan los estupendos “La casa de mis sueños” y “Lo que dicen las revistas”, quizás los cuentos del volumen que abordan con mayor contundencia la angustia de las epifanías. En ambas historias —que comienzan como dos sencillas anécdotas— se demuestra cuánto puede mitificarse el pasado. La distancia idealiza, hace que lo lejano se vea más épico, o más bello, o más apetecible. Así ocurre con todo lo inasible y con todo aquello hacia lo que depositamos grandes expectativas. El pasado siempre es visto con mejores ojos que el presente. Construimos una mitología del pasado, y cuanto más lejanos son esos tiempos o esos espacios más ideales los imaginamos. Sin embargo, si la realidad o los datos objetivos se interponen en aquel paraíso mental, el mito da paso al desconcierto, porque la mentira se rompe y entendemos cuánta imperfección había en aquello lejano y deseado.

La pluma de Cristian Vázquez funciona como una lupa: hace que lo íntimo y lo cotidiano se vuelva grandioso. Las pequeñeces del día, vistas con ojo atento, prefiguran un golpe de timón en la relación entre los personajes con el mundo que les rodea, con el vínculo con sus seres queridos y con el tirano tiempo, que, inexorablemente, todo lo destruye.
Los cuentos de Los elefantes saben olvidar están tratados con pulso de cirujano, con movimientos precisos, con paciencia y delicadeza —como el andar de los elefantes—, para generar con pocos recursos un resonante efecto después de la lectura, una huella profunda. Y así, como el cirujano, conseguir salvar una vida.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s