#Reseña | Frutas tardías de Eugenia Pérez Tomas

 

Título: Frutas tardías
Autora: Eugenia Pérez Tomas
Editorial: Paisanita Editora
Año: 2019
Páginas: 68

 

Por Inés Ulanovsky

 

Conocí a Eugenia Pérez Tomas en agosto de 2017, cuando empezamos a cursar juntas una maestría. Pero la conocí realmente el día que la escuché leer uno de sus textos por primera vez. Detrás de esa timidez aparente y esa voz un poco baja descubrí a una narradora bestial. Había poco tiempo, entonces Eugenia leyó casi sin respirar un texto poderosísimo que aún recuerdo. Quedé impactada y conmovida por su escritura. Eugenia es distinta. Sus palabras contienen ternura emotiva, humor (sutil e imperceptible) y una potencia libre muy difícil de encontrar. Ella escribe escenas que ocurren en universos cotidianos atravesadas de un modo inesperado y justo por magia y poesía.

Empezó a escribir Frutas tardías en 2015, porque según sus propias palabras “Una foto mental insistía en su imaginación. Era como una ilustración de una niña que se encuentra con una sombra animal”. La niña es Elisa y la sombra animal y deforme que habita entre los muebles esla voz que narra. Elisa la descubre en un ascensor y deja que la siga. La sombra la acompaña e intenta alcanzarla porque tiene la misión de contar su historia pero también porque la ama. Frutas tardías es también una novela de iniciación. Ahí se cuentan varias primeras veces de esas cosas importantes que ocurren en ese limbo extraño que es la adolescencia. “Aprendí a esconderme de los normales que viven en el edificio”, dice la sombra animal pero también un poco lo está diciendo Elisa incómoda por tener que adaptarse y transitar esas cosas que hay que hacer para dejar la niñez y entrar a la vida adulta. Mercedes es quizás el único lugar en el que no tiene que hacer tantos esfuerzos, hay un fragmento en el que eso queda claro: “Con su abuela Elisa decía todo, su boca era ágil y las palabras no se chocaban contra las paredes del pensamiento que, al contrario, encontraban fugas de escape”. Eugenia escribe con precisión documental y belleza poética el primer beso de su protagonista:

“El chico lo percibió eterno, Elisa no, le gustó más o menos, no podía definir bien que gusto tenían los labios. Hubiese preferido decir una palabra exótica como el maracuyá para nombrar el sabor y para que un calor ocupara su lengua, pero no. Los pensamientos sugirieron goteo y pena”.

 

Foto: Eugenia Pérez Tomas

Hay en Frutas tardías un excelente manejo de la información. Eugenia cuenta pero por suerte nos hace el favor de no explicarnos nada. Para contar que la protagonista padece un trastorno relacionado con la escases de glóbulos rojos, ella escribe: “Elisa comía hierro para no llorar” y logra, en toda la novela una convivencia plácida y feliz entre lo ilusorio y lo real. Advierto también algo teatral en la forma de presentar a los personajes. Algunos tienen un nombre (Elisa, Mercedes, Luci, Adrián, Raymundo, Ema) y otros son genéricos: La mamá, el papá, la tía, la Licenciada, el skater, las hermanastras o la adolescente.

En la novela hay un universo encantador con lugares y reglas propias: existe “el carnaval de los chicos con Capacidades diferentes”, hay mamushkas perfectas, un chino que se llama Marcelo, un departamento de psicopedagogía, una perra embarazada con un período de gestación desmedido, una novela sin nombre y una heladería llamada “chocolate gigante”. Dentro de la mente de cada uno se escucha distinto”, piensa Elisa en la novela y yo pienso en la mente de Eugenia y me pregunto qué escucha para poder escribir así.

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