#Narrativa| La lápida y la flor, por Emmanuel Sandoval

“Dentro de poco no sabré quien soy
entre todos los muertos que llevo encima”
José Emilio Pacheco

LA LÁPIDA Y LA FLOR

Sentado en una banca tan desgastada y fría como el lúgubre ambiente que tristemente presenciaba, Rogelio reflexionaba sobre el dolor que la ingrata muerte provoca. Ese día había acudido por accidente al entierro de una persona que jamás había visto en su vida y se dio cuenta, entre sollozos, que le pesaba ver a los familiares del desconocido difunto en esa situación, -tanto como si le hubieran caído encima de su corazón dos metros de tierra-, y que aunque no había razones comprensibles para que llorara, las lágrimas que de su arrugado rostro caían eran todo menos hipócritas.

 

En momentos de distracción los ojos del anciano se enfocaron en las lápidas que lo rodeaban. Tenían bellos adornos e inspiradores epitafios. Algunas envueltas con flores por ser frecuentemente visitadas y algunas pocas, vacías y expuestas sin cuidado ante la inclemente lluvia o el vigilante sol. “Ya fallecieron” dirían algunos, pero en su comparación había familiares más muertos que otros.

Cuando vió a lo lejos una tumba sola y sin adornos, no pudo más que sentirse mal por la persona que ahora en restos la habitaba. Al acercarse notó que era su aniversario luctuoso y que no tenía ni una flor que la cubriera. La piedra desnuda entristeció su corazón y el tocarla suavemente con su mano le trajo un agridulce déjà vécu. El viento a su alrededor soplaba lento mientras pasaba entre fotografías y plantas -inquilinos permanentes de la morada de la muerte- y al octogenario le pareció que le susurraba palabras que no alcanzaba todavía a comprender pero que comunicaban algo importante.

Sus profundos pensamientos fueron interrumpidos, instantes después, por una mujer que precipitadamente dejaba una rosa tan roja como un rubí en la desatendida losa que Rogelio contemplaba y decía con voz alta y entrecortada: “por lo menos hoy, el recuerdo de mi querida madre estará vigente”.

-Mi más sentido pésame señorita, -musitó el anciano al ver lo que hacía.
-Muchas gracias, respondió ella. -Vine a honrar a mi madre y a cumplirle a mi padre una promesa.
-La felicito por eso. A su madre la honra con esa flor tan hermosa y a su padre le cumple por fin la promesa de venir, ¿es así?
-Efectivamente. A él le prometí que le vendría a traer a mi mamá una flor en su aniversario luctuoso y en ningún otro día más.
-¿Cómo dice? –Preguntó sorprendido Rogelio, -¿Sólo en su aniversario luctuoso?
-Así es, contestó la chica muy segura mientras volteaba su cara hacia el sepulcro y se hincaba lentamente.

Después de que el lugar se quedara en silencio, aquel improvisado visitante del panteón se alejó un poco de la escena como muestra de respeto pero aun así no pudo ocultar sus gestos de desaprobación. Sacó de su pantalón un cigarrillo maltratado que sus dedos torpemente trataron de enderezar y lo encendió presurosamente. El humo que salía de su boca se extendió como grisáceo nubarrón y cubrió tanto espacio como sus ganas de que las cosas fueran diferentes. Ese deseo tan incontenible lo llevó a seguir insistiendo en lo que parecía ya un interrogatorio.

-¿Por qué un padre le pediría a su hija que hiciera algo tan vil? ¿No amaba a su esposa?
-Por supuesto, se amaron hasta el último segundo.
-¿Y dónde está él?
-Tiene unos problemas que lo imposibilitan…
-Yo creo que son excusas. ¿Por qué no venir muchas veces a visitar donde yacen los restos de aquella persona que se supone que amó y dejarle bellos adornos que mantengan su recuerdo? ¿Por qué no honrar aquel lugar en donde descansan los vestigios de su caminar, su abrazar, su pensar…?
-Lo que amó y lo que soñó, no yacen en su tumba, ¿no lo cree? Lo interrumpió la chica.
-¿A qué se refiere?
-Su amor persiste en los que la amamos y sus sueños sobreviven con sus logros.  Mientras alguien la recuerde seguirá viva…
-Estoy de acuerdo, -dijo Rogelio, -pero… ¿por qué no venir con frecuencia a demostrar un amor que aún existe y que recuerda?
-Para nosotros, sus familiares, que la amamos más que a nuestras propias vidas, el venir a visitar arena y concreto nunca fue suficiente o necesario…fue más importante la conexión…
-¡Explíqueme por favor qué tipo de conexión les exime a su padre y a usted de venir a mostrarle su cariño a esta olvidada mujer!

Al anciano se le notaba molestia en cada palabra y justo por eso la joven no tardó más que unos segundos en contestar. Había estado esperando esa pregunta con ansias y por fin, la fatigosa batalla de todos los días en la que le ganaba a la intención de hablar anticipadamente de algo que había pasado hace mucho, terminaba. La sonrisa en su rostro aparecía triunfante y eso de alguna manera modificó también el tono de su voz.

-Si me permite, le contaré lo que un día mi querido padre quiso hacer por el amor de su vida, o sea mi madre, antes de sufrir por completo los estragos del Alzheimer. Lloraba de miedo al pensar que la olvidaría, que eliminaría de su mente su rostro y las caricias que con cariño ella le daba. Temía que su mente borrara injustamente a esa persona que le había dado la verdadera felicidad.

“Cuando uno sufre de amor, -decía mi padre-, anhelas poder olvidar pero cuando olvidar es tu única opción, sientes que la vida se te acabó”. Ella enfermó gravemente y cuando estaba casi por morir y él a punto de olvidarlo todo, le juró entre lágrimas que hallaría la forma de recordarla para siempre. Decía que algo que es eterno no puede olvidarse porque es como querer suprimir la existencia misma. Entonces, pensó en una forma de saber de su amada aunque no la recordara. Pidió que cuando su esposa fuera enterrada, le dejáramos una flor sobre su tumba cada aniversario luctuoso y ningún otro día más.

-Pero, ¿por qué sólo una vez al año?

-Porque sabíamos muy bien sus razones. Sabíamos que cuando él llegara al cementerio y viera una lápida olvidada, -sin saber que era de su esposa-, no querría que se quedara así, y que al encontrarme aquí, a su hija, aun sin recordarme a mí tampoco, me reclamaría por no llevarle todos los días un detalle. Eso podría traerle a él sentimientos y con eso recuerdos. Ayudarlo en eso valía para nosotros más que cualquier rosa que pudiéramos darle en un día cualquiera. Olvidamos su lápida pero para recordarla a ella.
-Bueno, eso tiene más sentido. Pensándolo bien, creo que en eso soy como su padre. Desde siempre tuve la costumbre de visitar a los fallecidos en sus sepulturas y adornarlas muy bien como una muestra de respeto; eso hice con mis abuelos y luego con mis padres, nunca faltaba. Los visitaba al menos una vez a la semana. Entonces, creo que si fuera como su padre también querría regañarla y probablemente le pediría lo mismo…

Cuando terminó de decir eso, Rogelio se quedó callado mientras sus ojos se clavaban como dagas en la tumba donde la joven con quien había estado conversando dejó una rosa tan roja como un rubí minutos atrás. Después de unos momentos que duraron tanto como lo que se tardaría cualquiera en traer su vida de vuelta, se atrevió, por fin, a leer con atención desesperada el epitafio que en ella estaba escrito: Nuestro amor por ti es más fuerte que el tiempo y hasta olvidando hemos de recordarte querida Rubí.
Reconoció la frase cuando, sin tener que leerla completa, ya la estaba recitando en su cabeza…

-Entonces… ¿mi esposa, mi Rubí…? –preguntó el anciano mientras lloraba como un niño y rompía con creces el silencio sepulcral que le daba a la escena un clima muy particular.

Abrazó a su hija con mucha fuerza y amor, -tal como lo haría cualquiera que, perdido entre cenizas, tuviera la oportunidad de renacer- y ella, más que emocionada, le devolvió el gesto respondiéndole:
-Sí murió, pero aquí estamos. Sigues cumpliendo tu promesa y yo la mía. En nosotros será eterna papi querido…

 

Portada: Annie Spratt


Emmanuel Sandoval (Guanajuato, México, 1986). Psicoterapeuta, docente, investigador y escritor. Amante incansable de los libros, es autor de los cuentos: El bibliotecario multiversal (presentado en el Encuentro Nacional de Semilleros de Investigación desde el Psicoanálisis, en Neiva, Colombia); La importancia de asimilarse Ernesto (Revista Ícaro) y El viaje del perdón (Revista Géneros).

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