#Narrativa | Ser feliz siempre es posible, por Enrique Zattara

Ser feliz siempre es posible

 

Por Enrique Zattara

Era sábado. Entre apretujones bajé del autobús, me abrí paso entre la gente y llegué al cine justo al tiempo que se formaba la cola para entrar en la sala. Era sábado, creo que ya lo dije. Y había ido al centro para encontrarme con alguien. Con alguien, quiero decir, no con una persona en especial.
El cine era una de esas salas carentes de todas las últimas tecnologías que encandilan en los “multicines” actuales, pero al menos no se oía el sonido de otras salas contiguas dando filmes de Schwarzenegger. Proyectaban “El pasajero” de Antonioni: es una de mis películas preferidas, pero además era una garantía de encontrar a alguien que me interesase a mí. En la misma fila de butacas se había sentado una chica sola. En Buenos Aires, mucha gente va sola a los cines que pasan películas “intelectuales”. Pensé que en algún momento, en medio de la proyección, con la sala a oscuras, me acercaría a ella, o ella a mí. O que al encenderse las luces, terminada la película, la esperaría para encararla a la salida. Como siempre, no ocurrió nada de eso.
En cambio recordé una sensación de cuando tenía unos diez años, y salía de las películas de vaqueros sintiéndome identificado con el muchachito. Caminaba con un leve vaivén, como si en la cintura colgaran dos pistolas dispuestas a cualquier audacia. Identificarse con un protagonista de Antonioni tal vez no es menos fácil, pero sí más sufrido. De aquellos muchachitos a Jack Nicholson habían pasado unos veinte años, no había podido hacer aún ninguna exposición importante en el mundo de la pintura, y en la agencia los entusiastas de la creatividad por encargo se daban cuenta demasiado bien de lo poco que apreciaba ese trabajo.
Mientras la chica de la misma fila salía por la otra puerta, descubrí sin emoción que la punta de mis zapatos estaba gastada y opaca, había olvidado lustrarlos, como siempre. Hacía mucho calor en la calle, mucho mucho calor y aún no me había encontrado con nadie.

Me puse en camino hacia la calle Corrientes y antes de cruzar Callao me detuvo un tipo con el que solía compartir mesas a veces en los bares, uno que escribía poemas y cada vez que abría la boca hablaba de inspiración y epifanías. Venía caminando solo y al verme se paró como esperando que le diera charla. Yo me hice el desentendido y seguí adelante. No era él, seguro, con quien estaba esperando encontrarme.
Eran las nueve y la calle estaba llena, de modo que vi a unos cuantos conocidos más y repartí saludos y algunos comentarios breves. Mientras miraba la vidriera de una librería, con el rabillo del ojo descubrí a Lucía. Era una muchacha con la que había estado saliendo durante dos o tres meses, cuando yo todavía no estaba separado de mi mujer. Luego de mi separación la relación se pudrió, pero cuando la vi, pensé que tal vez era ella a quien yo esperaba encontrar esa noche. Sin embargo, Lucía estaba muy apurada, tenía que llegar a horario a un estreno. Así que tampoco. Pero cuando estaba por entrar en un bar a tomar la primera copa, a punto estuve de chocar con una amiga suya. En su momento nos habíamos tirado algunas ondas sugestivas, pero como siempre que nos veíamos estaba Lucía de por medio (estudiaban juntas con un profesor de teatro que hacía papeles secundarios en la Comedia Nacional) las sugerencias nunca pasaron a mayores. Pero ahora ya no estaba, así que en ese momento tuve la certeza de que era ella con quien quería encontrarme.
Era lo que acababa de suceder y lo demás era previsible aunque no siempre ocurra: tomamos una cerveza (los dos estábamos vagamente melancólicos), comimos ravioles y un botellón de vino blanco en Pippo, y antes de salir ya sabíamos que terminaríamos la noche en la cama. Juntos, se entiende.
Algo tambaleante, al salir del bodegón alargué el brazo hasta su cuello y lo acerqué a mi boca. Tina aceptó el beso pero enseguida se desprendió del brazo. Un tufo de verduras podridas llegaba de la vereda de enfrente, desde unos cajones amontonados en la puerta del mercado a la espera del camión de la basura.
Iba a decirle algo, pero ella se adelantó:
– Tomemos algo en La Paz –dijo – Te invito yo.
Era preciso hacer tiempo de algún modo, no es sencillo meterse en un cuarto antes de la medianoche. ¿Qué hacer después de uno o dos polvos? ¿Fumarse un cigarrillo, como en las películas mediocres? En medio de estos pensamientos, advertí que Tina me estaba contando sobre sus ensayos para una obra infantil que se estrenaría en una salita de San Telmo. Decía que era una obra muy progresista, y hablaba con entusiasmo de su personaje, un conejo que se empeñaba obstinadamente en apartar al niño de la escuela y demás imposiciones de la sociedad que le rodeaba, proponiéndole como alternativa un mundo donde imperaba la fantasía y no las normas. Era como si el Zorro y el Gato de Pinocho se hubieran tornado ejemplos positivos. A ella le parecía una idea muy transgresora. A su profesor de teatro, casualmente, también. Lo que Tina no recordaba es que ya me había contado eso mientras comíamos.
Por fin encontramos una mesa en el Bar La Paz. El café estaba lleno, como casi siempre a esa hora, de una variopinta camándula de intelectuales y artistas: algunos de verdad y otros de boquilla. Repartimos unos vagos saludos sin destino muy claro y nos sentamos. Después de haber pasado una hora y media o más en Pippo, ya me quedaban pocos temas de conversación, así que pedí un whisky y me lo bebí mientras la escuchaba hablar a ella.
Tina desglosaba un complejo programa que oscilaba entre diversas anécdotas de su vida (aunque ya se sabe que los recuerdos claves sólo se cuentan a alguien de quien uno esté enamorado, y desde luego este no era el caso), sus proyectos teatrales para el futuro (siempre despuntando idolatría por su profesor), y los conflictos cotidianos de su entorno; yo la interrumpía cada tanto con comentarios del tipo “la concepción tradicional de pareja ya no va más”, “la mujer está condenada por su educación familiar” o el siempre oportuno “la vida es una cagada”.
Empezaba a aburrirme, y estaba a punto de proponerle (aunque aún era temprano) que nos fuéramos ya a un hotel, cuando pasó mi mujer charlando animadamente con un tipo muy bronceado, vestido enteramente de blanco. Nos habíamos separado hacía alrededor de un año, “diferentes proyectos de vida”, pero de tiempo en tiempo la extrañaba un poco. El nuestro había sido un matrimonio construido en base a comunes sentimientos de soledad, asistencias comunes a las asambleas revolucionarias de la Facultad y polvos comunes considerablemente satisfactorios. Después los polvos habían amainado, la Triple A y el gobierno militar habían convertido las asambleas en una aventura demasiado peligrosa, y la soledad de cada uno no alcanzaba ni siquiera para planear una soledad de pareja. Había quedado de aquello, eso sí, un hijo que tenía ahora algo menos de dos años.
Mi mujer y el dios del sol se asomaron a un ventanal del bar y ella, siempre tan atenta, se acercó a saludar. Le dio un beso a Tina y me presentó alegremente a su bronceado compañero: se llamaba Raúl y acababa de volver del Brasil, encantado con las playas y que Brasil era el sitio más lindo del mundo y tudo bem. Yo apenas le murmuré (a ella) “andá a cagar”, tratando de no parecer demasiado agresivo.
Pero el tipo dorado por el sol brasilero no tenía sentido del humor e hizo amague de buscar pelea, así que la que había sido mi mujer se lo llevó afuera con un gesto de bronca o de amargura (en todo caso, siempre de víctima). Como es de buen macho ser protector, el otro aprovechó la oportunidad para abrazarla.
Tina se hacía la distraída, y en la mesa de al lado un grupito de adolescentes hablaban a toda voz de que la locura era el único estado creativo, y que Artaud y Boris Vian y las cuatro pavadas de una letra de rock.

Después llegaron dos chicas amigas de Tina. Se iban a una casa a tocar la guitarra y fumar unos porros, allí había otra gente probablemente conocida, nos invitaron a sumarnos. Decidimos irnos con ellas. Antes, todavía nos faltó pasar por un conocido de Tina que se acercó a contarle que estaba pasando un momento muy angustioso, que estaba en el límite, pensando en matarse y cosas así. Naturalmente, al fin de la letanía le pidió que se fuera con él, cosa que sin duda habría ocurrido más de una vez. Pero esa noche Tina estaba jugada conmigo, no había nada que hacerle, y el tipo se marchó finalmente con aire desolado. Quizás se haya matado, nomás.
En la casa nos encontramos con un grupito de chicos y chicas, congregado alrededor de una mesa con cubierta de vidrio. Nos pidieron silencio apenas entramos, y explicaron que estaban a punto de iniciar lo que llamaban una “sesión de espiritismo”. Habían dispuesto una pequeña copa invertida sobre la mesa y a su alrededor, distribuídas en círculo, las letras del abecedario. El que parecía dirigir la cosa pedía máxima concentración para invocar a los espíritus de los muertos. Tina se acercó con interés y yo preferí trasladarme hasta un sofá, al lado de una mesita ratona con abundantes latas de cerveza que se estaban calentando en lugar de estar en la heladera.
Durante unos minutos nadie se atrevió a preguntar nada y solo se oían risitas nerviosas. Fue la propia Tina la que rompió el fuego: preguntó el nombre de su primer novio y la copita fue pasando asombrosamente de letra en letra hasta formar la palabra “néstor”. El que dirigía la sesión se enfadó, dijo que eso no era un juego de adivinanzas sino algo serio y científico y que lo primero que había que hacer era averiguar qué espíritu era el que andaba de visita.
Una flaca pelirroja con ojeras de marihuana convocó al espíritu de su padre y así se enteró de que el hombre la seguía queriendo desde el más allá, amén de algunas otras consideraciones siempre telegráficas y por lo general algo herméticas. Pero las risitas habían cesado y ahora un silencio solemne hacía coro al invocador de turno. En el sofá, yo había empezado por servirme la primera lata de cerveza. Era de una marca alemana, y la etiqueta tenía un barquito y unos sellos y doblones repartidos simétricamente.
Por encima de la lata, quise hacerle una seña de complicidad a Tina, pero no me vio, así que aplasté más el cuerpo en el sillón y me quedé escuchando las amenas conversaciones con el otro mundo mientras cambiaba las latas que se vaciaban por otras llenas, que a su tiempo también se iban consumiendo.
Todo estuvo muy entretenido, algunos hablaron con personajes mitológicos y hasta hubo quien mantuvo una al parecer reveladora conversación con el espíritu de Mao. Llevaba varias latas bebidas cuando oí a alguien que preguntaba a uno de los espíritus dónde estaba su cuerpo y si lo habían torturado mucho antes de matarlo. Entonces me levanté de un salto sin pensar en lo que estaba haciendo, manoteé la copita y la partí en mil pedazos contra una pared de la que colgaba un cuadro geométrico.

Hubo un revuelo, alguien quiso pegarme y hasta tal vez lo consiguió (ya a esa altura los recuerdos dejan de ser claros). Al momento siguiente estaba caminando con Tina por la calle buscando un taxi. Había empezado a lloviznar y eso refrescaba un poco el aire cargado. El taxi se detuvo frente a nosotros y Tina, que estaba deslumbrante en medio de la garúa, me dejó indicar la dirección del hotel.
Cojimos todo lo bien que se puede en una hora y media con mucho alcohol encima (tarda en pararse y todo eso), y al final, sin más que hacer, concluímos que nuestro encuentro, por casual, había creado un hechizo que no había que romper hasta no volver a encontrarnos del mismo modo.
Por las dudas para no tentarnos (y romper el hechizo) decidimos no intercambiar nuestros números de teléfono. Después ella tomó el ochenta y seis y yo paré un taxi. Había dejado de llover. El taxista me dijo la hora (eran las cuatro y media) y después de dar una cantidad de vueltas incomprensibles me dejó en la puerta del edificio en el que vivo cobrándome una fortuna.
Cuando puse la llave en la cerradura y abrí la puerta del departamento, se despertó la muchacha que dormía, sentada en el sofá, con un libro resbalando sobre el pecho.
-Traés un pedo bárbaro – fue lo primero que dijo.
Me encogí de hombros, sonriéndole como un chico con culpa. Di dos pasos tambaleantes y me paré delante de ella.
– ¿Todo en orden? – pregunté, manteniendo el gesto que ahora parecía pedir perdón por una travesura.
Ella se fue levantando, dejó el libro a un costado, se alisó el vestido.
– Ahá. Tratá de no hacer ruido.
Alzó su bolso y caminó hacia la puerta. Al pasar, me dio un beso y se despidió. En la puerta le acaricié la cabeza con una mano mientras con la otra, por las dudas, me sostenía del marco.
– No sé qué haría sin una hermana –dije.
Sonrió con cara de reproche. Cerré cuando ella caminó hacia el ascensor y fui hasta el baño, me eché agua en la cara durante un rato y después me froté furiosamente con la toalla.
Oyendo en la ventana que había comenzado a llover de nuevo, entré al dormitorio y encendí el velador para mirar la cara de mi hijo, que dormía abrazado a un oso rojo que él llamaba “el hermanito oso”. Me senté al borde de la cama, al lado, y lo miré y pensé un montón de cosas.
Pensé, me acuerdo por ejemplo: para un hombre, ser feliz siempre es posible.

 

Portada: plqml


Enrique D. Zattara(Argentina) Ha publicado diecisiete libros en casi todos los géneros de la palabra escrita: novela, cuento, poesía y ensayo; además de haber practicado el periodismo escrito, radial y televisivo durante cuarenta años en Argentina y España, y dirigido los periódicos Alsur (Buenos Aires) y La Prensa de la Axarquía (Málaga) y las revistas literarias Arte Nova y Contrapelo (Buenos Aires), Letras Axárquicas y Utopía Poética (Málaga). Actualmente dirige desde Londres el proyecto cultural multimedia El Ojo de la Cultura Hispanoamericana.

 

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