#Narrativa | Silencio por favor, por Federico Luis Baggini

Por Federico Luis Baggini

 

—¿Por qué nos llamas personitas y hombrecitos?
—Porque aún no han hecho suficiente daño como
para llamarlos  personas y hombres

 

Un hombrecito consiguió empleo como capataz de ferretería en los suburbios del tiempo, donde el agua que se desecha es el agua que se bebe. Cierto día, encontró un frasco de silencio detrás de una caja de remaches. Mientras procuraba no ser descubierto, lo ocultó entre sus pertenencias. 

Ya en su casa, desenroscó la tapa y untó un poco de afonía en las tostadas a medio coser que merendaba cada tarde al volver del trabajo. Durante los días y las noches siguientes, el hombrecito permaneció callado, así, callado. Al cabo de una semana fue despedido de la ferretería y, poco después, su familia lo abandonó a causa de su silencio. Acudió, entonces, a los mejores especialistas de las diferentes medicinas y acogió con esmero los consejos del antiguo chaman. Pero a fin de cuentas, todo lo que intentaba resultaba inútil.

El asunto parecía no tener solución. Aún torcido por su presente, el hombrecito se reprochó generosamente haber desperdiciado los verbos, los sujetos y predicados del pasado. Comprobó, también, y de mala gana, la importancia de los buenos modales: gracias, por favor, disculpe, lo siento. Y en menos de lo que canta un gallito, las personitas y los animalitos ofrendados a su amistad rehusaron la falta de educación. ¿Acaso te ha comido la lengua el ratoncito?, preguntaban preocupados. Fue entonces cuando se le ocurrió que el frasco de silencio podía contener en sus paredes las referencias del fabricante o tan siquiera la fecha de vencimiento (encontraba en esta posibilidad el consuelo de los efectos pasajeros, del reposo). Sin embargo, la única advertencia rezaba: “Consumir moderadamente. Se desconocen los efectos secundarios o las consecuencias de la ingesta excesiva”. Leyó y releyó una y otra vez tales palabras buscando en ellas un enigma a descifrar. Y tras agotar las probabilidades, reparó en cuestiones antes impensadas: ¿Cuál era la finalidad del silencio? ¿Quiénes fabricaban y mezclaban los ingredientes en su justa medida? ¿Cuántos determinaban el punto exacto de cocción? o ¿desde dónde se distribuían los frascos? ¿Desde cuándo el silencio formaba parte de los víveres en demanda? Y la más importante de todas: Si la industria del silencio quebrará, los responsables, ¿hablarían al respecto? 

“A esto se empeñan los funcionarios y las empresas…”, pensó el hombrecito antes de fraguar el plan mediante el cual intentaría derribar el imperio oculto detrás de aquel frasco que tanto daño le había causado. Comprendió, pocas reflexiones después, los impedimentos del caso. Tamaña empresa requería una cantidad abundante de esfuerzos y recursos que él no disponía. En primer lugar, la voz. En segundo, el temperamento revoltoso que caracteriza a los hombrecitos más distinguidos y resistidos. Finalmente, las circunstancias adversas ahogaron sus pretensiones en el caudaloso torrente de la resignación, tan cercana al silencio. ¿Tan cercana al silencio? Efectivamente. Pues bien, si un puñado de lógicas fue capaz de pergeñar frascos y frascos de silencio envasado, ¿por qué no aspirar a una industria abocada a la elaboración sistemática de la resignación? Claro, ¿por qué no? Sonrió y contuvo las lágrimas, ojala estuviera su familia allí, para verlo resurgir de su propia serenidad.

Unas pocas horas le bastaron para diagramar y corregir cada mínimo detalle. Los paquetes y botellas de resignación se venderían aquí y allá; los interesados accederían al producto por una módica suma, aunque en principio -y sólo en principio- habría muestras gratis al alcance de la mano (esto, suponía, captaría la atención de los escépticos). Los jefes de las empresas incorporarían a la dieta de sus empleados una dosis semanal de resignación, pues de esta forma ninguno se quejaría por aquello que le pareciera injusto y mucho menos exigiría mayores beneficios de los que se le ofrecían. Ideas como estas atravesaban su ilusión de lado a lado, y la alegría embargaba al hombrecito de tan siquiera sospechar la buena vida que se daría a cuestas del conformismo ajeno; al fin y al cabo, se decía, él había sido víctima de un emprendimiento similar. 

Pero más allá de esto, el hombrecito aún cobijaba en su interior la incertidumbre por el frasco de silencio que tanto nublaba su nueva utopía.  Estaba dispuesto a desgarrar en pedazos su pasado cuando vertió el contenido del frasco en una alcantarilla incrustada a mitad de la avenida principal. Las tuberías de los suburbios del tiempo, conectadas bajo tierra por una inextricable red de cañerías oxidadas -ingeniosamente dispuestas-, condujeron al silencio hacia la mesa de cada hogar, y de allí hacia el bebedero de cada personita, ingenuas personitas que olvidan a cada sorbo que el agua que se desecha es el agua que se bebe.

El hombrecito supuso que aquello del silencio colectivo era una broma de mal gusto y se recluyó en las profundidades de su habitación, situada en los confines del destiempo. El pasar de los días, incluidos el trajín y la perfidia, le demostró lo contrario. A tal punto, que la noche menos pensada, una horda de personitas indignadas rodeó y sacudió los cimientos de su casa, haciendo temblar el esqueleto de argamasa. Unas y otras gritaban, gritaban en voz alta, muy alta, pero de sus bocas no salía más que aire, aire impuro, aire duro. El silencio se concentraba en las gargantas y acentuaba las estructuras de la censura, encogía la carne de las cuerdas vocales. Al verlas aparecer a través de puertas y ventanas, el hombrecito tomó entre sus manos un recipiente colmado de resignación y las roció durante una insignificante cantidad de segundos. Las personitas salpicadas detuvieron la embestida a pocos pasos de la muerte sin comprender lo que sucedía. Soltaron las herramientas, y hundiendo la cabeza entre los hombros, se miraron resignadas. ¡Había funcionado, la invención del hombrecito había funcionado! Lástima que no estuviera su familia allí, para verlo triunfar, para ver como a la larga los suburbios del tiempo se resignan al silencio.

 


Federico L. Baggini: 1987, Argentina. Trabajador y gestor social, a la vez que escritor, bibliotecario, asesor, docente, tallerista y gestor cultural. Escribe desde los trece años, y lleva publicados seis libros: Acariciapájaros, Agonías, Iteraciones, Tensegridad, Qualia, Entropías. Hace dos años y medio es coordinador del proyecto de poesía audiovisual Sesiones de Poesía Compartida (SdPC), una propuesta que publica un libro por año donde recopila los textos co-escritos.

Portada: Brannon Naito

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