#Narrativa | Asuntos cerrados, por Andrea M. Leiva

Por Andrea M. Leiva

Una voz llegó desde cientos de kilómetros para recordarte que eras un hijo, que su regreso iba a ser imposible, que en un hospital te aguardaban sus restos. Te sentaste en el sillón, solo para quedarte mirando la reproducción que tenías colgada en el living, ese hombre anónimo con un sombrero hongo. Solange se sentó a tu lado, posó su mano sobre tu hombro y te dijo que no quedaba otra que ir, que eras el único que le quedaba. Decidió que sería mejor hacer el viaje en auto, aunque fuera un tirón largo.

Solange te dio un beso en la mejilla y vos seguiste con la vista fija en el cuadro: ¿por qué ocultarse detrás de una manzana? Cada tanto te pasabas la mano por la cara, como si alguna telaraña se te hubiera pegado.  Solange iba y venía, llamó al único hotelucho del pueblo para que les guardaran una habitación, hizo algunos arreglos más por teléfono y se fue a preparar el bolso. Te recomendó que te dieras una ducha; con pesadez te levantaste del sillón. El agua te golpeaba la nuca y la espalda, quizás así se te iría a aparecer algún recuerdo de él, pero habían pasado algo más de treinta años. Te refregaste fuerte la cabeza con la toalla y recordaste cuán fácil había sido todo mientras lo creías muerto. Sentiste los pasos apurados de Solange por el pasillo y no hicieron más que irritarte, como toda su eficiencia lo hacía siempre. 

Se subieron al auto, la primera etapa la quisiste manejar vos. Tenían medio día de viaje, harían varias postas. En la primera parada le preguntaste a Solange por primera vez por las chicas, habías dejado que ella se hiciera cargo de explicarles todo, no te animaste a enfrentar esas dos adolescentes cargadas de preguntas. Tus hijas habían quedado con tu suegra, sorprendidas por la aparición del abuelo; “la aparición”, dijo Solange, como si no hubiera hallado una mejor expresión. Hubieras querido que Solange te tomara la mano, te acariciara el pelo, pero ya estaba pidiendo la cuenta del café. Había que seguir, no retrasarse, hacer lo que se debía hacer. Te sentiste cansado.

El paisaje, hora tras hora, se modificaba. La escasa vegetación dejaba entrever el color árido de la tierra. Cada tanto, por la ruta se les cruzaba una mara, algún peludo. Por tramos intestaste dormir, pero soñabas con tu madre y todo vuelta a empezar. Cuando la noche se les hizo más honda, Solange decidió parar a descansar en un hotel de ruta, pese a que solo faltaban unas tres horas para llegar. Tuvo miedo de quedarse dormida, pese a que insististe en seguir vos. Querías terminar todo cuanto antes. Con la practicidad que la caracterizaba, ella decidió que dormir unas cuatro, cinco horas bien dormidas, iba a hacerles el día siguiente más manejable, además, por la noche, ¿qué trámite podrías adelantar? Quizás debieras haber hecho el viaje solo, eso pensaste. En un cartel de chapa colgado de un poste y algo abollado, se bamboleaba con el viento el nombre de Hotel Diamante y le dijiste que, de ser el viento siempre una constante por allí, por qué no habrían usado otro sistema de cartelería, más silencioso. Te miró sin entender la humorada y sentiste frío. 

El cuarto era sencillo, una cama de dos plazas sin respaldo, un cubrecama con mariposas y un par de almohadas bajas. En el espejo del baño, te miraste y te encontraste con tu cara de la adolescencia. Cuando te fuiste a acostar, Solange dormía profundamente. Vos te quedaste sentado, con la espalda apoyada en esa almohada chata, amagaste acariciarle el pelo, pero te reprimieron los años de distancia. Te hubieras prendido un cigarrillo, si fumar hubiera sido uno de tus hábitos. 

Cerraste los ojos, quisiste pensar en él, poca cosa vino a tu cabeza. Tus hijas te habían preguntado por ese abuelo que estaba en ninguna parte y vos hiciste fintas con las palabras. A veces fantaseabas con su regreso, invocando al padre que nunca había sido con explicaciones irracionales, para poder darle así un humillante portazo en la cara. Otras veces tu imaginación te lo mostraba arrepentido, cambiado y pidiendo con humildad que lo perdonaras y esa idea te incomodaba. Pero la mayoría de las veces no querías pensar ni en él ni en su ausencia; preferías pensarlo muerto y asunto cerrado. 

A la mañana, bien temprano, te despertó un haz de luz que se colaba por entre las cortinas mal cerradas. La silueta desnuda de Solange se recortaba en el borde de la cama mientras se calzaba el jean, hubieras querido besarle el cuello por sorpresa y desandar el tiempo, pero tenías trescientos kilómetros por delante. Además, Solange terminó pronto de vestirse y te conminó a salir rápido de la cama. Ella también quería terminar con todo eso cuanto antes. 

Te bebiste todo ese último tramo vos solo al volante, preparándote para enfrentar lo que se avecinaba. En la llegada al pueblo alcanzaste a ver algo del mar, pero no quisiste detenerte sino hasta llegar al hospital. Estacionaste y una vez fuera del auto, el viento te recordó cuán lejos de casa estabas. 

Entre trámites penosos y formalidades varias, te encontraste con quien había convivido con él en el último tiempo: una mujer sencilla, de pocas palabras, pero que pareció haberlo querido mucho, la notaste muy triste. Te invitó a pasar por su casa, para que pudieras recoger algunas de sus cosas. Solange se quedó en el hotel del pueblo y vos te fuiste con esa señora bajita, de pelo recogido y veteado de canas. Recorriste esa casa tan pequeña y humilde y, de entre las pocas cosas, te llamó la atención una radio en la mesa de luz, como solías tener vos hasta que te casaste; la señora te la dio, junto a algunas fotos donde desconociste a un señor mayor. 

Por la tarde, en el cementerio de terreno arcilloso, enterraste a tu padre junto a todos los interrogantes que ya no tendrían respuesta. Volvieron al pueblo, hablaste por teléfono con tus hijas y les prometiste que volverían con cuidado. Solange se fue a recostar un rato, quizás hubieras querido acompañarla, pero te recomendó que caminaras un poco, que te iba a hacer bien y vos te fuiste hacia la costanera. 

Bajaste a la playa, sin Solange a tu lado te sentías menos solo. De pie frente al mar, mientras tu pelo se revolvía, supiste entonces todo lo que el viento te iba a dejar: una radio, unas fotos y una certeza.


Andrea M. Leiva: (Bahía Blanca, 1966) es diseñadora multimedial y escritora. Reside en Buenos Aires desde 1995. Escribió dos novelas: línea punto plano (2018) y Bajo la piqueta (2019), a la espera de ser editadas. Algunos de sus cuentos y relatos fueron publicados en revistas y antologías como en El Narratorio y la Revista 27. Desde el 2016, asiste al Taller y Clínica de Escritura de Ariel Idez.

Portada: Anthony Tran

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