#Entrevista | Héctor Abad Faciolince: «Un diario es, esencialmente, un borrador constante»

Los diarios del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince: un mapa de su obra

 

Por Juan Camilo Rincón* y Pablo Concha**

Héctor Abad Faciolince es uno de los escritores colombianos más reconocidos en la actualidad pues, lejos de hacer una literatura marcada por el sello garciamarquiano, logró tomar distancia del gran padre de las letras nacionales y crear una obra propia y visceral que, entre otras cosas, ha logrado narrar al país desde el dolor de sus víctimas. 

Las páginas de Lo que fue presente. Diarios 1985 – 2006 (Alfaguara, 2019) nos permiten ingresar en la esfera personal de un joven Abad (27 años) que soñaba con ser escritor pero que consideraba no podía producir ningún texto que valiera la pena; sentía que no era bueno para contar nada y eso lo atormentaba. No imaginaba cómo podría llegar a ser un gran creador, careciendo de las facultades mínimas para narrar cualquier historia. Su angustia se acentuaba por la inminencia de la paternidad y el miedo a desempeñar esa función. 

En sus diarios se hacen tangibles la insatisfacción, la duda, la auto-aversión y la dolorosa convicción de que no iba a poder realizar sus aspiraciones; sus diarios son el testimonio escrito de la que consideraba su enorme incapacidad para la literatura. En los 20 años por los que caminan estas páginas vemos a Abad ser padre y la inexplicable dicha que eso le producía, los primeros escritos e ideas para sus libros, la desdicha de trabajar en un oficio diferente a la literatura para poder ganarse la vida y, más adelante, el dolor de la separación de su esposa, el reconocimiento, los amores intensos, la amistad con otros escritores, los viajes, la fortuna de conocer a personalidades como Gabriel García Márquez, Fidel Castro, Fernando Vallejo, Álvaro Mutis y Susan Sontag, entre tantos otros. Asimismo, registra los esbozos de su novela más celebrada y conocida a la fecha, El olvido que seremos (Alfaguara, 2006), creada con la tranquilidad y mesura que trae la experiencia y, en años más recientes, la introspección de un escritor maduro que se considera satisfecho con su trabajo literario. 

Los corresponsales de Kundra en Colombia, Juan Camilo Rincón y Pablo Concha entrevistaron a Héctor Abad Faciolince sobre su libro más reciente.

¿En qué momento, o a raíz de qué decidió publicar un diario, siendo un tipo de texto que contiene tantos datos íntimos y personales?

Tengo un baúl lleno de cuadernos y nunca he pensado en quemarlos ni en regalarlos ni en destruirlos. Tampoco tenía planeado publicarlos. Siempre pensé que serían una especie de problema y de incógnita que les dejaría a mis hijos. Incluso una herencia incómoda. La decisión de publicar estos diarios salió después de una sobremesa con mi editor, Gabriel Iriarte. Yo le dije que la novela que había terminado no me convencía. Que no tenía nada, que lo único que tenía era un montón de cuadernos apeñuscados en un baúl; que tal vez con eso, que eran unos diarios, se podría hacer algo. A él se le iluminó la cara y me dijo: “Eso ya es otra cosa, ¡publiquémolos!”. Fue así de casual, así de aventurado, así de simple. 

¿Sintió en algún momento que su diario era una especie de autoanálisis? ¿El objetivarse en la escritura fue una forma de catarsis?

Pues sí, de eso se trataba. En algún momento digo “la alcantarilla del diario”. La tubería por la que canalizo toda la porquería de mi vida. Pero también es una conversación conmigo mismo, una forma de aclararme las ideas, de atrapar en palabras la marea (el mareo) de las sensaciones. Un intento de no sucumbir a la locura, al rencor, a la rabia. 

Uno ve en su diario unas ansias poderosas de ser escritor, que nacieron desde que usted era muy joven. ¿Siente que eso se logró tal y como lo soñaba?

Como escritor he llegado mucho más lejos de lo que soñaba. Gracias a mi escritura he sido profesor y becario en Berlín. Mis libros me han llevado a China y al Japón, a Egipto y a la península arábica, a casi todos los países de América y de Europa. Hay páginas mías traducidas a decenas de idiomas. Vivo de mi escritura. He publicado novelas, libros de cuentos, ensayos, poesía. Algunos de esos libros no me avergüenzan, así ninguno me parezca perfecto, ni una obra maestra. De joven yo no le pedía tanto a la vida. Y además tengo ánimos de seguir escribiendo, de seguir buscando en mí algún libro mucho mejor que todos los que he escrito. 

En una parte del libro usted dice que “El computador es, evidentemente, la muerte de un diario”. ¿Qué piensa de la gente que actualmente puede llevar un diario pero, en lugar de escribirlo a mano, usa un computador portátil o un celular?

Yo escribo eso cuando estoy estrenando mi primer computador, en el siglo pasado. Para los estándares de hoy era una cosa grande, lenta, monocromática, titilante. Sin embargo era un juguete prodigioso. Uno podía equivocarse y corregir sin dejar huella; todo quedaba guardado en disquetes como por arte de magia. Era posible proteger un archivo con una contraseña de seguridad; nadie podía leerte los diarios. Lo curioso, lo extraño, lo triste para mí, es que todos los diarios que escribí en el computador se me perdieron con los cambios de aparatos y de sistemas. Las contraseñas −como siempre pasa con esas claves secretas− se me olvidaron irremediablemente. Los disquetes ya no pueden leerse en ninguna parte, que yo sepa. Es como si pasara lo mismo que en el soneto de Quevedo a Roma: todo lo que uno cree firme y sólido (la piedra, las murallas) desaparece, y queda solamente lo que parece más frágil (el río, el Tíber), es decir, en el caso de los diarios, los humildes cuadernos de papel. Creo que sigue siendo así: nada como un cuaderno para tomar apuntes. Los archivos de computador deben usarse como el último paso, el definitivo antes de la edición. Como borrador no me acaban de convencer. Y un diario es, esencialmente, un borrador constante. 

 

En los primeros años de sus diarios se notan el dolor, la duda, la insatisfacción consigo mismo, la auto-aversión, ¿Toda escritura nace necesariamente del dolor, de la inconformidad?

Eso es así en la escritura de mis diarios: acudo al diario cuando la novela, el cuento, el ensayo, el poema, no están fluyendo. El diario me sirve para quejarme de que las otras cosas no están marchando como yo quisiera. Pero yo puedo escribir un cuento, el capítulo de una novela, en un estado de gran felicidad, de mucho entusiasmo sereno. Quizá por eso sea tan acertado el título de los diarios de Julio Ramón Ribeyro: La tentación del fracaso. Los diarios son sobre todo el reflejo de nuestros fracasos, y la tentación es que todo lo que queríamos escribir se reduzca a esa escritura quejumbrosa del diario. Los más grandes diaristas han convertido el diario en su única obra. 

¿Es posible lo contrario, escribir desde la felicidad? En una parte del libro usted dice que “la felicidad no queda registrada casi nunca”. ¿Por qué sucede así?

Así es, raras veces la felicidad queda registrada en el diario, y si aparece es como un recuerdo cercano, pero no como algo que se está viviendo. Una gran felicidad se vive, más que se escribe. Y es obvio, porque escribirla sería interrumpirla, es decir, una gran tontería. No me imagino un diario que diga: “En este momento estoy haciendo el amor con la persona con la que siempre soñé hacerlo; estoy encima de ella y acabo de besarle el labio superior, de hundir mi nariz en sus axilas…”. Sería aberrante, creo. En cambio el diario sí puede ser el refugio de una gran tristeza. La tristeza paraliza. Y uno quizá empieza a salir de esa gran parálisis cuando empieza a escribirla. Escribir una desgracia es empezar a salir de ella, porque se la ha puesto en movimiento. Uno se la saca de adentro como se saca una piedra de los riñones. 

Portada__Lo que fue presente

“Hay demasiado poco, aquí, en estos cuadernos, de lo tanto que pasa por dentro de mí”, dice usted a comienzos de 1993. Sin embargo, seguía escribiendo el diario. ¿Por qué?

Hay momentos en que la vida es tan intensa que parece quedarse por fuera de los diarios, de los apuntes. Es como si no cupiera. Pero hay otros momentos en que siento que mi vida (incluyendo la interior) es tan vacía, que lo único que tengo son esos apuntes. Creo que no se deben juzgar los diarios por los apuntes de algunos días oscuros o luminosos; un diario es un ejercicio de conjunto, de sumas y restas. Si lo seguía escribiendo es porque me servía, me gustaba, me ayudaba psicológicamente. En el fondo son un proceso de aprendizaje, de autoconocimiento, de maduración. 

En el diario vemos un recorrido por sus gustos en temas literarios, de cine y cultura en general. ¿Sus gustos han cambiado respecto a otras etapas de su vida? ¿De qué manera?

No creo tanto en que haya un cambio de gusto, sino en la incorporación de otros gustos, a veces más elaborados, más sofisticados. Con los años uno pierde papilas gustativas y adquiere cierto gusto por sabores más fuertes que en la infancia o en la primera juventud nos asquean. Un queso curado nos sabía a podrido; ahora es un manjar. Un vino nos parecía tan fuerte como hoy nos resulta un trago de ron. En el amanecer de las lecturas todo nos sorprende y fascina; con el paso de los años y de la experiencia la sensación es la de que ya hemos leído todas las historias, todas las novelas. Y se encuentra el gusto en otros descubrimientos. En todo caso lo que alguna vez nos fascinó debería ser preservado como una sensación maravillosa. Por eso no quiero releer un libro como Rayuela, por ejemplo, que fue una lectura adolescente muy intensa, y no quisiera sufrir una decepción si la releyera ahora. Me quedo con eso que me dio en su momento. Y muchos libros que no era capaz de leer, por ejemplo a Thomas Mann, les llega el tiempo en que se siente un gran placer al leerlos. 

¿Hoy la fantasía sigue siendo “parte pura y dura” de su vida?

Creo que hoy fantaseo menos que antes. Al pasar los años el transcurso del tiempo sufre una aceleración, al menos en la forma en que lo percibimos, y sobre todo el futuro se va volviendo breve. Ya sé muy bien que me queda por vivir mucho menos de lo que he vivido. Entonces no hago planes fantásticos sino que me aferro mucho a las dichas del presente. Trato de no perder el tiempo en bobadas. No me enfrasco en las peleas que apasionan a los más jóvenes y en las que ellos sienten que hacen apuestas vitales importantísimas. Todo eso me importa muy poco. De joven peleaba contra la Iglesia, contra el Estado, contra lo establecido. Ahora casi todo me inspira una especie de compasión. De joven aspiraba a la felicidad; hoy me conformo con que no haya tragedias 

Usted vivió “la irremediable soledad del escritor”, el querer escribir pero no saber qué, el tener que buscar trabajo y no encontrarlo, el pensar que era un fracaso. ¿Qué consejo le daría a los jóvenes autores que están luchando en este momento por sacar sus proyectos adelante?

Que hay que tener mucha confianza y mucha perseverancia para no sentirse completamente derrotados en este oficio. Incluso a estas alturas de la vida, cada vez que publico un libro siento mucha inseguridad, ansiedad, casi miedo. Es importante encontrar un oficio alternativo que nos permita no vivir angustiados por el dinero mínimo del día a día. Yo fui profesor, librero, editor, bibliotecario. Si se tiene suerte, no es imposible un día llegar a ganarse la vida escribiendo no más, pero como ese destino es improbable, insisto en que conviene tener planes de trabajo alternativos, que ojalá tengan puntos de contacto con la lectura y la escritura, aunque no necesariamente. Hoy en día publicar es menos difícil que hace 50 años o un siglo. Así que no conviene pasarse la vida quejándose. La quejumbrería no produce buenos libros.

En otra parte del libro usted dice: “Para ser franco: quiero que estos cuadernos duren más que yo”. ¿Cree que Lo que fue presente será su obra más recordada?

No. Yo creo que mi libro más recordado será El olvido que seremos. Los diarios lo que demuestran, tal vez, es que una persona ordinaria, llena de dudas e inseguridades, puede escribir novelas que sean mejores que él, como la que acabo de mencionar, o como Angosta. También mis hijos son mucho mejores que yo. Ojalá me juzgaran por esos libros míos o por mis hijos, más que por mis diarios. Pero los diarios se parecen más a lo que yo soy, o por lo menos a lo que yo era hace muchos años. En los diarios digo varias veces que los estoy escribiendo para mí mismo en la vejez. Creo que eso era más importante para mí que la muy improbable posteridad. En realidad lo más probable es que dentro de 30 años ya nadie se acuerde de mí. Y ya no estaré acá para alegrarme o lamentarme por eso: ese es el destino de casi todo el mundo. 

¿Cuál es el mejor diario de otro escritor que usted haya leído?

No soy un lector empedernido de diarios, paradójicamente. Los míos los empecé bajo la influencia de la lectura de los de Stendhal, lo cual no quiere decir que me parezcan los mejores. No me apasionan los de Piglia ni los de Gombrowicz, porque son muy intelectuales, borradores de ensayos, o ensayos en sí mismos; de ellos me gustan los momentos en que descienden a lo personal. He leído los de Gide (muy duros en el relato de su pederastia), los de Katherine Mansfield y los de Virginia Woolf. Me encanta el Cuaderno gris de Pla. Los de Julio Ramón Ribeyro son un modelo de dedicación, comparable a los de Pavese, otros que me gustan mucho. No gozo tanto con los de Gil de Biedma como con sus poemas y también me gustan mucho más las novelas de Tolstói que sus diarios. Me encanta la prosa de Trapiello en sus diarios. En fin…

¿Cuál sería el escritor (vivo o muerto) del que usted daría lo que fuera por leer su diario? ¿Habría alguno?

No padezco de ese tipo de idolatrías, así como tampoco suelo enamorarme de actrices de cine. Creo que me interesan las personas. No leo diarios por el nombre de la persona que los firma. Tal vez el diario de un escritor fracasado sería mejor que el diario de un gran escritor que logra expresarse en la ficción. A lo mejor los diarios de Ribeyro sean la gran novela que él no escribió. 


* Juan Camilo Rincón es periodista, investigador cultural y escritor colombiano, Magíster en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Autor de los libros Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia y Viaje al corazón de Cortázar.

** Pablo Concha es un escritor colombiano, autor del libro de cuentos de terror Otra Luz y colaborador literario en Libros & Letras.

Foto de portada: Lisbeth Salas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s