#Narrativa | El enojo del árbol, por Cristian Cano

por Cristian Cano

Desde los escalones de la pileta escucho la pelea del árbol altísimo de la vecina que se zamarrea como un loco.  A veces me distrae; alguna vez dije que se tironea de los pelos hasta el cansancio como la persona que no se aguanta. Entonces, la calma.

Ayer fue mi cumpleaños; festejamos la sobrevivencia. Y ahora es la típica ventosa mañana de feriado en la que el mate continúa caliente. 

Hay mascotas que no le temen al viento; los gatos, por ejemplo. El Pocho sí (perrito de mi madre). Es chiquito y el viento lo empuja hacia los costados. Desde entonces la cabeza se me llena de preguntas. Escuché a un actor decir que el pensamiento es tanto ilusorio como el causante de los padecimientos humanos. Es interesante.  Gran parte de mí está de acuerdo. Pensaba en la posibilidad de que el pensamiento nos estuviese alejando del camino que deberíamos buscar. Si existe un propósito preponderante, estaríamos yendo en cualquier dirección. Es asombroso pensar a la Tierra como este ínfimo grano de arena que va perdido en la oscuridad. Estúpidamente pasamos de largo todas las otras existencias que evidencian lo siguiente: este grano de arena contiene todos los momentos de nuestra historia, en esta mota de polvo caben todos los ideales, todo el pensamiento humano y todo cuanto pudiese imaginar. Lo que creemos importante sucedió acá. Vista desde lejos el planeta es una piedra a la deriva. Casi siempre pensar nos arrastra hacia la idea de que nuestro mundo es mucho más inmenso e importante que el universo. Me pregunto, le pregunto a ustedes ¿Por qué lo nuestro es siempre lo único e importante? ¿Pero estos caminos no nos llevan a la desigualdad?

El árbol vuelve a enojarse. Ya no se tolera. No a más, se quiere ir. Algún día se va a liberar. 

No puedo negar que a veces sospecho que somos una idea, y que en realidad no existimos como creemos existir. Que estamos en esta terrible búsqueda porque en sí una idea es solo eso, una idea. Algo que no se termina nunca de constituir en su totalidad. Y que por eso somos inseguros y nos descubrimos tan equivocados. Siempre tenemos que ser conscientes de esta búsqueda primordial a la que naturalmente nos debemos. No tenemos la mínima idea de quiénes somos. Desconocemos nuestra identidad. Me enojo como el árbol porque la gran mayoría no se permite pensar en esto. No se cuestionan, no se inventan ese tiempo necesario para discernir y encontrar un mínimo de interés. Ahí la cosa cambia, ahí el ancla se engancha y te frena. Te saca de esa carrera estúpida en la que te ponen. Entonces empezás a notar que la venda se te cae de los ojos. Porque se siente así, como una venda; eso que nos enseñan y enseñamos desde la infancia. Nos vedamos. ¿Los colegios y medios televisivos te proponen saber quién eres? ¿Acaso siquiera proponen la búsqueda interior? Preguntas inmensas que no son para cualquiera.

La felicidad llega cuando nos despertamos de ese sopor, y es importante. Y este es un punto necesario porque puede que el ser humano (y esto es algo que me pregunté desde siempre) sea desde el principio un ser feliz, y que el mundo diagramado que nos aplasta nos arrebataría esa condición. Siento que gran parte de la felicidad funciona así. Me di cuenta cuando entonces me saqué aquella venda. Es una búsqueda que implica muchísimas preguntas y dudas, montones de problemas y planteamientos, pero por suerte tiene ese otro costado que es la libertad inmensa. Porque todo, absolutamente todo tiene que ver con lo que la muerte significa. Y te pone mal no saber cómo hacer para que las personas que están cerca tuyo sepan esto. Es difícil lograr que descubran este océano de felicidad que siempre estará ahí para todos.

Si me preguntan qué pienso de lo que nos obligamos a hacer para subsistir este aplastamiento al que nos obligamos, digo que es indudablemente la evidencia de nuestra incertidumbre.

No puedo conformarme así porque sí. No me conformo si no sé. Y entiendo también a Silvina Ocampo cuando dice que la alegría es algo muy vulgar, porque es como conformarnos en cada oportunidad con lo primero. Disfruto cada uno de los procesos de la vida. Me parecen únicos. Descubrí que son asombrosos, desde entonces soy consciente y conciente de cada momento. Me doy cuenta de los diferentes sentidos y valores que le atribuimos. Las encuentro buenas o malas, me pregunto si hacen bien o mal, si son negativas o positivas. No se acostumbra a distinguir esto porque la gran mayoría de la gente escucha lo que desea escuchar y apoya lo que le conviene. No se permite buscar más que eso. La práctica de la conciencia te lleva a revalorar y a disfrutar de las realidades que en primera instancia tildan de inciertas. Te demuestra que lo malo es solo una ilusión diminuta. Cada posición tiene su importancia y está en nosotros saber en qué lado del asunto estamos parados. 

Será que ahora es el pensamiento el que me distrae, porque bien podría estar contemplando el árbol que se hamaca y se tira de los pelos. Se quiere desenterrar, como yo. Los árboles despiertan. Se da cuenta y se quiere ir. No quiere abandonar. Está enojado. Disconforme.


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Cristian Cano | Dice que escribir es la parte esencial de su vida. Su relato La clonación fue finalista del XV premio Sexto Continente. Forma parte de las antologías de ciencia ficción 2099, de Ediciones Irreverentes. Su último libro se llama El ruido mecánico. Publica parte de lo que escribe en su blog www.microficcioneria.blogspot.com

Portada: Aziz Acharki

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