#AnálisisLiterario | Borges, el hijo de Minos, Por Juan Camilo Rincón

#AnálisisLiterario

Borges, el hijo de Minos

Por Juan Camilo Rincón

Desde sus orígenes, la humanidad ha creado mitos como respuesta inmaterial para explicar de alguna manera una serie de realidades para las que no existían pruebas fehacientes o, al menos, inteligibles. La imaginación fue, también desde nuestra génesis como especie, la herramienta que nos permitió empezar a comprender quiénes somos y de dónde venimos.

 

          Durante las noches y frente al fuego, los primeros hombres concibieron historias que les permitieron explicar y explicarse fenómenos como el trueno, la lluvia, las estrellas, el sol. Luego, a través de los sueños y desde su fantasía, fueron creados seres que tomaban forma de animales, corporeizando sus miedos y llenando de terror sus noches. Otros con características similares se encargaban más bien de protegernos de los malos espíritus, convirtiéndose en refugio seguro.

          En Mesopotamia la divinidad protectora Lammasu -con cuerpo de toro o de león, alas de águila y cabeza humana- cuidaba a quienes la veneraban. En Grecia el bestiario fue cimiento de la cultura: centauros, arpías, sirenas y otros seres volaban en la imaginación de los oradores, quienes transmitían la furia de los dioses y las representaban en ella.

          El minotauro, monstruo con cabeza de toro y cuerpo de hombre, ha sido durante siglos uno de los más fascinantes; ya en textos de la Biblioteca mitológica de Apolodoro encontramos rastros de él. Esta obra es un exhaustivo repertorio sobre la mitología helénica que recopila la historia de muchos héroes, entre ellos Teseo. De las hazañas del hijo de Etra y Egeo recordamos con entusiasmo aquella que ocurrió en el laberinto.

          Apolodoro hace referencia al némesis de Teseo en dos apartes llamados “Minos,  Pasifae y el Minotauro” y  “El toro de maratón. Muerte del minotauro”. La historia relata el deseo de Minos de convertirse en rey de Creta, ante la muerte de su antecesor y la vacancia del trono, que ha quedado sin heredero. Para hacerse a la corona dice a sus súbditos que los dioses lo favorecían; con el objeto de demostrarlo, hace un sacrificio a Poseidón, a quien “suplicó que saliera del fondo del mar un toro, prometiendo inmolarlo. Poseidón hizo surgir un toro magnífico y Minos obtuvo el reino, pero entonces envió el toro a su vacada y sacrificó otro en su lugar”[1].

          Como castigo, el dios de los mares hizo que Pasifae, esposa de Minos, deseara al toro y entonces copuló con él. De ese encuentro nació Asterio, ser cruel y bárbaro descrito con características bestiales. Se trata del “llamado Minotauro, que tenía rostro de toro y lo demás de hombre; Minos, advertido por ciertos oráculos, lo encerró y mantuvo custodiado en el laberinto”[2]. Asterio recibía como ofrenda siete hombres e igual número de mujeres para alimentarse de ellos. Con la intención de detener el horror de estos sacrificios, Teseo decide viajar a Creta. Al verlo, Ariadna, hija de Minos, se enamora de él.

          En la narración surge otro elemento esencial: el laberinto, construcción hecha por Dédalo que consistía en “un recinto de complicados ambages que confundían la salida”[3].

         borges_palermo

          Gran maestro de las letras latinoamericanas y universales, Jorge Luis Borges colma sus páginas con símbolos recurrentes de la literatura clásica. En su obra predominan alegorías que maneja con maestría como son los tigres, los espejos, el eterno retorno y el infinito, siendo este último el elemento del que deriva su concepto del laberinto, en cuyo centro se encuentra el minotauro.

          El laberinto como elemento arquetípico aparece de forma constante en la obra del porteño y en él, pese a su lejanía geográfica de la magnífica Creta, aquel ser mitológico. Uno de ellos es el Manual de zoología fantástica:

          Ovidio, en un pentámetro que trata de ser ingenioso, habla del hombre mitad toro y toro mitad hombre; Dante, que conocía las palabras de los antiguos pero no sus monedas y monumentos, imaginó al minotauro con cabeza de hombre y cuerpo de toro. (…) Probablemente, la fábula griega del minotauro es una tardía y torpe versión de mitos antiquísimos, la sombra de otros sueños aún más horribles[4].

          En “El hilo de la fábula”, poema de su libro Los conjurados, también hay rastros de él. Luego lo vemos de nuevo –podría decirse que por última vez- en Atlas, una de sus obras finales, escrita cuando visitó las ruinas en aquella isla griega.

          El texto que aquí nos atañe es un cuento incluido en el libro El Aleph, titulado “La casa de Asterión”. Lo que hace especial este texto radica en que el personaje principal no es el tradicional héroe griego sino el monstruo, que aquí es representado de una forma diferente.

          El primer aspecto relevante es la humanización de la bestia dentro de una narración hecha en primera persona por Asterión como un ser racional que describe su mundo: “Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias”[5]. Se evidencia entonces como ser ermitaño que reside en un espacio de quietud y soledad, pero que anhela hacer contacto con otros, por lo que sus puertas están abiertas para recibirlos (a personas y animales por igual).

          No se ve a sí mismo como un prisionero, pero tampoco desea recorrer libremente las calles debido a la forma en que alguna vez fue tratado por los hombres. Aunque temeroso de relacionarse con el “afuera”, es curioso y está abierto a recibirlo en su morada.

          Aquí empiezan a aparecer elementos de una proyección de Borges mismo, en la descripción del sentir de una persona que se está quedando ciega, para quien el tiempo se prolonga más de lo deseable: “A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos”[6].

          Por la época en que escribió este cuento, Borges vivía la angustia que le generaba la inminente pérdida del sentido de la vista. En ese punto está batallando contra el –literalmente- oscuro panorama de no poder ver nunca más, y esto se refleja en su texto, donde se refiere al sueño como el único lugar donde la visión no es una limitante: “A cualquiera hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa”[7].

          En el cuento aparece por primera vez la imagen del autor y un otro, un Borges dual, y aquí “la identidad, tema que siempre inquietó a Borges, no importa en sí misma; porque el `yoˊ no sólo se confronta con otro nombre, otro ser, sino con la radical alteridad”[8]: “Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa”[9].

          Cabe aquí anotar además que durante muchos años Borges vio la muerte como una salida, una forma de librarse de la ceguera, sentida como una cárcel que lo confinaba. Podría afirmarse que la muerte fue una forma de llevarse la carga que lo atormentaba, y así lo describiría Asterión: “Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo (…) Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas”[10].

          Cuando una persona empieza a perder la vista es posible que se sienta perdida, obligada a descifrar el mundo. El laberinto es entonces una metáfora de la ceguera, lugar donde nos sentimos inutilizados, extraviados, custodiados (término empleado por Apolodoro respecto al laberinto). Años más tarde, asumida ya la pérdida de la visión, Borges dijo sobre esa “jaula del monstruo”: “¡Ah, los laberintos! ¡Ah, los símbolos! Al final de cada año me hago una promesa: el año próximo renunciaré a los laberintos, a los tigres, a los cuchillos, a los espejos”[11].

BORGES, AMANTE DE LOS GATOS

          El concepto del laberinto se asoma de nuevo en otros de sus cuentos como “El jardín de senderos que se bifurcan” y “Las ruinas circulares”:

Yo, para expresar esa perplejidad, que me ha acompañado a lo largo de la vida, y que hace que mis propios actos me sean inexplicables, elegí el símbolo del laberinto, o, mejor dicho, el laberinto me fue impuesto, porque la idea de un edificio construido para que alguien se pierda es el símbolo inevitable de la perplejidad[12].

 

En el que reside Asterión es un laberinto descrito como infinito. En el cuento, Borges lo describe así:

… también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar (…) [son infinitos] los pesebres, los abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo[13].

Retomando la propuesta de García Jurado, se puede afirmar que “en Borges encontramos tantas conscientes mutaciones”[14] del texto de Apolodoro, mutaciones que se hacen evidentes en “el monólogo dramático (del minotauro), con su primera persona como factor dominante”, que es “una de las maneras mediante la cual los autores adoptan la voz de otros”[15].

          El autor de Ficciones no solamente adopta la voz de aquella bestia; hace suya la voz del minotauro y así, narra de nueva forma el mito como su forma de enfrentar su vida rumbo a la ceguera. Esta, sentida como la cárcel que lo alejó de la libertad de la lectura, le permitió crear la base de una literatura que transformó el continente en el siglo XX.

[1] Apolodoro. (1985). Biblioteca mitológica. Madrid: Gredos.
[2] Ibíd.
[3] Ibíd.
[4] Borges, J. L. (1957). Manual de zoología fantástica. México: Breviarios del Fondo de Cultura Económica.  P. 101.
[5] Borges, J. L. (1949). “La casa de Asterión”. En: El Aleph. Buenos Aires: Losada.
[6] Ibíd.
[7] Ibíd.
[8] Garza Saldívar, N. (1999). Borges: la huella del minotauro. México: Aldus S. A.
[9] Op. Cit.
[10] Borges, J. L. (1949). “La casa de Asterión”. En: El Aleph. Buenos Aires: Losada.
[11] Peicovich, E. (2011). El mundo según Borges, el palabrista. Bogotá: Icono.
[12] Vázquez, M. E. (1999). Borges, sus días y su tiempo. Buenos Aires: Javier Vergara Editor.
[13] Borges, J. L. (1949). “La casa de Asterión”. En: El Aleph. Buenos Aires: Losada.
[14] García Jurado, F. (2016). Teoría de la tradición clásica. Conceptos, historia y métodos. México: Universidad Nacional Autónoma de México. P. 214.
[15] Ibíd. P. 217.

Foto Juan Camilo Rincón - Tomada por Jimena Cortés

JUAN CAMILO RINCÓN | Periodista de la Universidad Externado de Colombia. Publicó en 2007 el libro Manuales, métodos y regresos con Arango Editores; en 2014 Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia con la editorial Libros & Letras, libro reseñado en varias publicaciones nacionales e internacionales; y en 2015 Viaje al corazón de Cortázar. El cronopio, sus amigos y otras pachangas espasmódicas, también editado por Libros & Letras, y presentado en Colombia, México y Argentina. En 2016 creó Constelaciones y letras colombianas, diario-agenda sobre escritores colombianos, ilustrado por Marco Pinto, y en 2017 el libro digital Nuestra memoria es para siempre, de la mano de Señal Memoria y la Fundación Patrimonio Fílmico de Colombia. Ha ganado varias becas y residencias artísticas para realizar investigaciones sobre literatura latinoamericana, entre ellas el FONCA, y fue reconocido por El Tiempo por crear una de las mejores crónicas del diario durante 2014, incluida en el libro Crónicas El Tiempo. Ha colaborado para medios nacionales e internacionales como El Espectador (Colombia) y Televisión Iberoamericana (España).

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