#Narrativa | Mis muertos amarillos (fragmento) por Alejandra Decurgez

#Narrativa

Por Alejandra Decurgez

Verano. La calle del barrio de Florida estaba cortada por dos camionetas de Defensa Civil. Los vecinos espiaban detrás de las cortinas y algunos habían sacado las banquetas plegables que las tardes de sábado cargaban hasta la Quinta Trabucco para ver los recitales gratuitos. No las acomodaron sobre la vereda, sino sobre el asfalto, en primera fila, bajo la sombra de los árboles. En el silencio siseaban los insectos y traqueteaban los motores de los aires acondicionados. La calle fue llenándose de testigos. Por fin entrarían a la casa, se ocuparían. Alguien tenía que ocuparse.

Los empleados de Defensa Civil habían dejado las puertas de las camionetas abiertas pero todavía no habían sacado ni las hachas, ni las escaleras. Tenían los cascos bajo el brazo, las camisas remangadas, el sudor les brillaba en los cuellos y les mojaba las axilas del uniforme, como si sus cuerpos hirvieran bajo la tela sintética. Parados en una fila prolija detrás de su jefe —un tipo panzón que no despegaba la oreja de un handy—, los hombres miraban desconcertados hacia la segunda planta de la casa de mitad de cuadra, la única sin rejas en el jardín delantero. Una mujer empezó una ronda de mate entre los vecinos. Entre sorbo y sorbo, cuchicheaban:

—Vaya uno a saber qué encontrarán adentro —dijo una anciana con andador.

Mirando hacia la casa, la mujer del mate dijo que era una lástima, una chica tan joven. Y, como un disparo, otra voz se alzó para decir “¿Alguien sabe algo del marido o se lo tragó la tierra?”

Demasiado calor. La vereda se partía con cada milésima de grado. Mientras se abanicaba con un folleto de la carnicería, una mujer preguntó en voz alta “¿dónde estará la tormenta que decía el noticiero? Así no se puede descansar.”

Uno de los empleados de Defensa Civil, con un tatuaje de rana en el antebrazo, miró por encima del hombro a la asamblea de vecinos que mateaba y especulaba. Un anciano le ofreció un vaso de agua y el de la rana dudó.

—¿Mate puede ser? —dijo.

—Claro, hombre —respondió la dueña del termo.

El jefe seguía gritándole al handy pero el resto se había soltado los tiradores del pantalón, que colgaban a los costados de sus torsos. Escuchaban de refilón las teorías y las historias de los vecinos acerca de lo que estaban por encontrar en esa casa que alguna vez había tenido ladrillos oscuros y brillantes, aunque ahora había pasto reseco brotando entre las tejas descascaradas y la entrada estaba llena de yuyos y los ladrillos lucían opacos y los postigos colgaban de los goznes.

Habladurías, pensaban los de Defensa Civil, chismeríos de barrio enzarzados por el calor que recién empezaba y por una tormenta que daba vueltas en el Río de la Plata, una promesa de alivio que no llegaría a la ciudad sino hacia la mitad o el final de la semana.

—¿Y por qué nos mandaron a nosotros? ¡Esto es trabajo de la cana! ¡Que me mande una orden el juez, si no, no entro! —gritó el jefe al handy.

La mujer del termo vertió el último chorro de agua y le dio el mate lavado al hombre de Defensa Civil con el tatuaje de rana.

—¿Cómo que no van a entrar? —preguntó. Sus cejas apretujadas denotaban indignación.

—Sin una orden del juez no podemos hacer nada, señora —respondió el de la rana. —Parece todo normal, de afuera. Si entramos y no hay ninguna cosa rara vamos a tener problemas —agregó otro.

Varios ancianos sonrieron mostrando sus amarillentos dientes postizos y sus encías pero no había nada de amabilidad en sus gestos. Sus huesudas anatomías se habían tensado y los colgajos de piel de sus mejillas estaban enrojecidos como si los hubieran pintado con aerosol.

—Cosas raras van a encontrar, no se aflija, joven —afirmó un viejo y los demás vecinos asintieron con las cabezas. Se habían cruzado todos de brazos, como amotinados, y a los hombres de Defensa Civil les quedó muy claro que no sería fácil irse por donde habían venido.

—Ahí adentro pasa algo malo —dijo la mujer del termo.

—Bueno, a ver… —el jefe guardó el handy en el bolsillo y se acercó a los vecinos, resoplando—. ¿Qué es lo malo que hay ahí adentro y quién lo vio?

Los vecinos se miraron entre sí.

—¿Y? Los vecinos sostuvieron la mirada del jefe pero no contestaron. —No me vengan con cuentos, hace demasiado calor para que me rompan las pelotas.

—No tiene derecho a tratarnos así —dijo la mujer del termo, apuntándole con el mate—.

—Ojito, no se olvide que nosotros le pagamos el sueldo —dijo otra.

—¿Que ustedes, qué? —el jefe alzó los brazos al cielo— ¡Pero lo último que me faltaba!

—Usted es un maleducado.

—Y ustedes ni me pagan una mierda, ni siquiera me pueden decir qué carajo hay ahí adentro. No me voy a poner a tirar la puerta abajo sin orden del juez y sin pruebas de nada. Ni siquiera hay una denuncia con nombre y apellido, fue una denuncia anónima. Y no sé por qué no está la Federal. Yo no me meto ahí adentro ni en pedo.

El jefe hizo una seña a la cuadrilla y se dirigió a una de las camionetas. Se sentó del lado del acompañante y cerró la puerta, el ruido a chapa quedó en el aire. Pero sus hombres, como los vecinos, permanecieron inmóviles. Los primeros lanzaban miradas a la casa, indecisos. Los segundos apuntaban sus ojos al jefe censurándolo. La anciana con andador se acercó a la camioneta. Su voz era la de alguien que fumaba desde hacía años. Dijo:

—La verdad, lo entiendo. Yo también tendría miedo de entrar.

*

 

Fragmento de “Mis muertos amarillos”, Peces de Ciudad.


28116943_10156288652873982_823039717_nALEJANDRA DECURGEZ Nació en Argentina en 1977 y vive en Vicente López. Es Licenciada en Psicología por la Universidad del Salvador, se formó como guionista en el Sindicato de la Industria Cinematográfica Argentina y cursó el seminario sobre géneros cinematográficos dictado por Robert McKee. Es autora de la novela Mis Muertos Amarillos (Peces de Ciudad), y algunos de sus relatos han sido publicados en Próxima, Axxón, Skeimbol y SuperSonic. Forma parte de la antología internacional Alucinadas II (ciencia ficción escrita por mujeres), del Tomo 11 de la colección argentina Pelos de Punta y de la antología internacional WhiteStar en honor a David Bowie. Ha recibido mención honorífica por su guión The Dive en el Fantasmagorical Film Festival de Kentucky del 2015 y fue finalista en el Miami International Science Fiction Film Festival del mismo año. En el 2016, su guión The Mantis fue finalista en los mismos festivales.

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